El pasado 14 de febrero de 1990 la Voyager abandonó los extramuros del sistema solar, pero antes apuntó a sus cámaras para grabar lo que dejaba atrás: el Sol y los planetas que giran a su alrededor.
En realidad, Mercurio estaba demasiado cerca del Sol para verse con claridad, Marte era como una luna creciente y Plutón era demasiado tenue.
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Pero ninguna de ellas fue tan espectacular como la de la Tierra, un punto en la inmensidad del sistema, según Candy Hansen, científico del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA, quien fue la encargada de las imágenes transmitidas por la Voyager.
Desde una estación de seguimiento de la NASA, a 60 kilómetros de Madrid, contactan todos los días con la Voyager con un radio telescopio de 70 metros de diámetro.
Carlos Salvador, supervisor de operaciones, explicó que "la conexión con el satélite es directa en ambos sentidos: para recibir las señales de él y para mandarle órdenes. Una orden a la sonda desde aquí tarda va a tardar casi 14 horas en llegar".
La sonda Voyager está a unos 17.000 millones de kilómetros de la tierra, récord de distancia, teniendo en cuenta que viaja a un velocidad de 17 kilómetros por segundo.
Una curiosidad de esta cápsula, sabiendo que la Voyager podía llegar muy lejos, es que tiene instalado un disco de oro, una firma de toda la Humanidad.
"Por si llegase algún día que alguien, entre comillas, pudiera saber de dónde venía esa nave, quién lo había fabricado, qué cultura, qué idioma, qué sonidos, qué lenguaje, tenían", indicó Salvador.